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La tradición holandesa en la obra de Claes Oldenburg y Coosje
van Bruggen
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Antoni
Llena hace un análisis de la obra de Oldenburg y
Van Bruggen que se remonta a la tradición pero que
aboca a la más absoluta modernidad |
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Claes Oldenburg y Coosje van Bruggen son dos artistas
de procedencia distinta -norteamericano de origen sueco él
y holandesa ella-, cuya obra se ha distinguido por confundir el
arte considerado como serio. Comenzaron haciendo esculturas que
parecían concebidas para hacer reír, aunque, de
hecho, no hacían reír en absoluto.
Es cierto que vivimos empecinados en conformarnos un mundo con
un techo cada vez más bajo. Claro que por mucho que lleguemos
a tocarlo con la mano eso no es indicativo de que hayamos crecido,
sino más bien de que cada vez nos volvemos más liliputienses.
Por eso, los cambios de escala que hacen Oldenburg y van Bruggen
de objetos de uso cotidiano no son divertimentos por más
que pudieran parecerlo. Son, en el fondo, reflexiones irónicamente
crueles. Estos artistas nos enseñan que el sistema que
nos arroja a un consumo desorbitado nos hace humanamente más
pequeños. Nos alertan de que los polifemos a los que tenemos
que cegar para huir de la cueva en donde nos tienen cautivos no
son ya los feroces colosos de la mitología clásica,
sino cosas aparentemente inofensivas, como amables hamburguesas,
llamativos helados, mastodónticos huevos fritos, secadores
de cabello o electrodomésticos domesticagente.

¿Por qué he mencionado la tradición holandesa
en la obra de esta pareja de artistas? Después de la reforma
protestante, los artistas holandeses aportaron al arte europeo
una mirada nueva. Bajaron sus ojos de las alturas y se pusieron
a contemplar la realidad de cerca, a proyectar luz sobre cosas
que hasta entonces nadie había considerado sustanciales.
Si la idea de modernidad estaba ligada a la renuncia de la realidad
trascendente, dicha renuncia no implicaba que aquellos hombres
no quisiesen alcanzar el Paraíso. Gracias, pues, a su impulso
empezamos a anhelar paraísos a medida, a construir cielos
que pudiésemos alcanzar con los dedos. En latitudes más
al norte de los Países Bajos, esta domesticidad fue recibida
como angustia existencial, como una gran orfandad. Para los neerlandeses,
sin embargo, esa voluntad de “cosa” palpable fue un
motivo de fiesta, de salud y de dignidad nacionales. Pienso en
este momento en el magnífico autorretrato de Vermeer, de
espaldas y disfrazado de artista. El autor nos enseña los
trucos que emplea al pintar: cómo plasma sobre la tela
a una musa, que, en realidad, no es sino una mujer corriente ataviada
como tal. En primer término, dentro del cuadro, el pintor
ha colocado democráticamente una silla vacía por
si deseamos sentarnos y contemplar naturalmente, sin dramatismos,
las trampas que el artista hace cuando hace arte.
En este mundo de liliputienses que vamos construyendo, el arte
de Oldenburg y van Bruggen es una advertencia moralizadora festiva
y simpática. Cuando observamos el cuchillo multiusos del
ejército suizo convertido en una escultura gigantesca,
en un utensilio que despliega al espacio, pavorosamente, cada
una de sus herramientas, nos sentimos liliputienses. Y así
nos sentimos también cuando, de paseo por Barcelona, nos
tropezamos con las cerillas que un gigante ha arrojado al suelo
y reparamos en nuestra talla real. O cuando, visitando un museo,
junto a las obras de otros artistas, topamos con un enchufe monumental
que nos hace evidente, de golpe, que somos como los escarabajos
que se pasean por la cocina...
Antoni Llena, Artista
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