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¡Hola, soy una escultura!

 

Se acaba de inaugurar la exposición de Claes Oldenburg y Cosjie Van Bruggen Escultura, quizás. El título quiere transmitir la idea de escultura formando parte de un paisaje, en medio de un camino. Pero también está implícita la reflexión sobre los límites de la escultura y la percepción del público. David Picó lo aborda desde un punto de vista distinto.

 

Hola, soy una escultura y estoy preocupada porque no me veis. Y eso que estoy en medio de una calle céntrica. Pero nada, pasáis por delante, distraídos, con las orejas tapadas escuchando música con el i-pod, con la cabeza gacha, enviando sms interesantísimos, o con la mirada vacía, hablando por el móvil. No me veis y, sin ánimo de ofender, diría que no veis nada; tenéis los sentidos atrofiados, obturados, estandarizados. Nadie se acerca por el gusto de observarme; el último que lo hizo fue un perro, y se quedó a gusto, sí, pero de otro modo. Os veo caminar, un poco autistas, un poco autómatas... como una figura de bronce de Giacometti, pero con auriculares. En la prehistoria y en la antigüedad las esculturas tenían una presencia incuestionable en ritos relacionados con la caza, la fertilidad, funerarios, religiosos... Pero yo tengo sentido sólo si me miráis; no formo parte de ningún ritual, salvo del ritual de vivir y observar. Para eso, no obstante, hay que tener los sentidos estimulados.
Desde Rodin, que fue quien inauguró la escultura moderna, hasta la actualidad, las poblaciones se han llenado de esculturas, en una diversidad que abarca desde la modernista Desconsuelo, de Josep Llimona, hasta las inexplicables estructuras que habitan las rotondas de este país. Esculturas de toda clase y estilos. ¿Las miráis? ¿Las veis?
Cada vez os lo ponen más fácil, y han llegado al extremo de crear esculturas gigantes, a ver si así os fijáis más. En Barcelona, por ejemplo, hay un montón de esculturas gigantes: cerillas gigantes (Oldenburg), gambas gigantes (Mariscal), gatos gigantes (Botero), cabezas gigantes (Lichtenstein), peces gigantes (Frank Gehry)... Incluso en una urbanización próxima a Tarragona encontramos un Mazinger Z gigante. Pobre Policleto, debe ir como loco modificando continuamente su canon de proporciones de la escultura. No sé, puede que si fuese una estatua manga de diez metros me miraríais más. O si alguien me colgase en el Youtube....
Suerte que la escultura moderna ha integrado el vacío en sus creaciones. El vacío, como el silencio en la música, forma parte de la materia escultórica (Henry Moore, Barbara Hepworth, Eduardo Chillida...). Y digo suerte porque tengo la teoría de que estas esculturas las veis más. Curioso, vemos lo que no se ve: el vacío. Tal vez porque, después de todo, es lo que nos traspasa a todos.
Como las cosas sigan así, cualquier día gritaré para que me miréis, asustando a los transeúntes y cerrando, de paso, la discusión en torno al Laocoonte (escultura del período helenístico) sobre si la escultura puede o no representar el grito humano.
Por cierto, no me he presentado, me llamo Toro pensador (Josep Granyer) y me podéis ver, si abrís los ojos, en la Rambla de Catalunya de Barcelona. Me encontraréis reflexionando. Últimamente me preocupa mucho en qué medida nos puede afectar a las esculturas el cambio climático.

David Picó, escritor seducido por el Toro pensador.